Un poema de Hugo Lindo

Cuando digo “te amo”,
yo pronuncio palabras radicalmente nuevas.
Nunca nadie
vertió en ellas el tono cabal,
el mismo arrobo.
Ni yo mismo dos veces.

Cada ocasión es otro reflejo de otras aguas.
No puede repetirse
Sino aquello que es repetible. Y esto
se niega a persistir, danza, se muda,
se convierte en amor de mil maneras.

Ni el sonido es el mismo: las palabras
se acortan,
se tropiezan,
se entrecruzan
en una fuga alucinante y múltiple.

Una vez, por ejemplo,
un niño triste se asomó a mis labios
y cayó en tus oídos
como una flor herida por mitad del aroma.

Otra vez, en las sílabas menudas
estaban todo el mar,
todo el olvido,
todas las dimensiones del naufragio.

Tuviste miedo entonces.
Miedo de las figuras ya borrosas,
de los fantasmas ávidos de un beso,
de las tormentas
apaciguadas hoy bajo la espuma.

Cada minuto es nuevo.
Cada voz, otra voz.
y cada frase un sueño inaugurado,
una aurora distinta, una ventana,
una estrella que brota de repente,
una camelia virgen,
una luna,
una manera intacta de quererte.

Si algún día dijiste
“ya he tenido esta rosa en mi regazo”,
no logró la verdad sitio preciso
en tu deseo de afirmar las cosas.

Porque esta rosa es nueva.

Es otra rosa.

Es una que amanece,
que parece,
que vuelve a madrugar dentro del pecho,
siempre distinta y de fugaz aroma.

Nunca la viste ayer, ni podrás verla
en instantes futuros.
Se sucede
como las lluvias del invierno.
Cae
siempre que te susurro estas palabras
radicalmente nuevas,
nunca dichas,
por nadie,
ni siquiera por mí, que las pronuncio.

 

HUGO LINDO

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