ZDENA

Como Antígona eres, o quizás no,
quizás es sólo una manera pomposa de limitarte.
En todo caso, como las mujeres de Hemingway,
más propia para novia de un piloto
de Air France.

¿Qué haces, pues junto al pobre poeta
de quien ni siquiera eres el –gran-amor-de-la-vida,
a quien realmente no conoces,
aunque debes haber oído decir
que sienta bien su compañía?

Él podría decirte que desnuda lo asustas,
que antes de poseerte precisa preguntarse, como Manuel Galich:
“¿Esto es lo mío?”
Y que sólo te ama
cuando la voz burlona de su Dios le dice:
“Sí, anda, tonto.”

Él es quien considera que Lalraux
es hoy un escritor de segundo orden,
que Sartre no está mal
y que Durrel se marchitó en manos de los agentes enemigos.

Y, olvídate,
el poeta jamás te comprará collares:
te romperá muchas medias, eso sí,
te obligará a gastar la ropa que menos te gusta
y hasta te insultará y te golpeará
y te obligará luego a ayudarlo
con el remordimiento.

Ay, muchacha,
de seguro que tú eras para otro,
en alguna parte alguien cometió un error estupendo:
el poeta no tiene más remedio
que rendirse a la felicidad,
llamarte (por no dejar) “mi bestia espléndida”
e incorporarte a su dolorosa cultura,
como los pajarracos de la noche abren su nido
al ave del paraíso.

 

Roque Dalton

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