UN DÍA

EN EL RÍO, una tarde… buscaba flores por entre la maleza, y la que se bañaba desnuda no sintió mis pasos.

Las frutas de las ramas no estaban tan rosadas, ni temblaban de frío. Yo, bajo los ramajes, sentía la impresión, de un gajo de uvas, de un ácido fresco, de un licor dulce.

Cuando miro una estrella limpia, un árbol lavado, revive la desnudez primera que deslumbró mis ojos, la muchacha indolente que miraba el río, y que temblaba como un bejuco desesperado reventando en flores.

Miguel Ángel Espino

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