El lenguaje y la idea.

Pero si todo el mal está ahí, en las palabras. Todos soportamos adentro un mundo de cosas; ¡cada cual su propio mundo! ¿Y cómo podemos entendernos señor, si en las palabras que pronuncio pongo el sentido y el valor de las cosas tal como las siento en mí; mientras que quien las escucha, inexorablemente, las asume con el sentido y el valor que ellas tienen para él, dentro del mundo que él lleva en sí? Creemos entendernos y no nos entendemos jamás.

Seis personajes en busca de un autor, Luigi Pirandello.

Un pensamiento, es naturalmente inefable. Cuando intentamos, sin embargo, de comunicarals, lo hacemos a través del lenguaje, cuya sintaxis propiamente llena de tiempos, modos, epítetos, tiene una estructura inherente que difiere en mucho en la estructura de un pensamiento (me atrevería a decir que un pensamiento, una idea, carece de estructura).

Al forzar la idea y querer “encajarla” en el lenguaje, surge un cambio de formato, un cambio de variable. El pensamiento, la idea y su correspondiente gramatical difieren por mucho, nunca son equivalentes. ¿Qué determina la exactitud, es decir, un margen de error (por así decir) pequeño entre lo que pensamos y comunicamos? son dos factores importantes: qué tanto el que se comunica domina el lenguaje y el pensamiento o ambos.

No obstante sin importar que tan bien dominemos el pensamiento, el lenguaje o ambos, nunca podremos expresar una idea tal como la concebimos, es decir, una idea y su correspondiente lingüístico siempre estarán alejados. Después de cruzar esta barrera, la idea debe ahora, cruzar otra: la percepción del receptor. Al ser comunicada la idea, el receptor la toma en la estructura previamente configurada por el remitente y de la cual ya hablamos. La interpreta según como él ha definido su repertorio gramatical. Una palabra nunca es objetiva. Decir, por ejemplo, “siento melancolía” nunca será interpretado de manera uniforme. Para diferentes personas, hay diferentes interpretaciones. En cambio, si digo “26/2” esto se interpreta igualmente para cualquier persona, porque los números no sufren del trastorno de ambigüedad que las palabras tienen. Un error común, una falacia básica de nuestro día a día es asumir que lo que yo pienso y comunico será interpretado de igual manera por el que recibe mi mensaje. Esto nunca es así. No podemos fiarnos del lenguaje. Este enorme margen de error siempre debe tomarse en cuenta cuando nos comunicamos.

Cuando comuniques algo pregúntate en qué medida pudo tu receptor descifrar el mensaje verdadero que encriptaste a través del lenguaje o cuando escuches, si en verdad entendiste lo que tu emisor quiso dar a entender. Como escribió Becquer tan acertadamente: “Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estrofa tejida de frases exquisitas, en las que os pudierais envolver con orgullo, como en un manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. ¡Mas es imposible! “

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