Dos poemas similares, dos poetas salvadoreños.

Mientras exploraba algunos libros de poesía salvadoreña me encontré con dos poemas muy similares de dos poetas muy reconocidos, Pedro Geoffroy Rivas e Ítalo López Vallecillos, los cuales abordan la misma temática: El poeta se describe a sí mismo en el vientre de su madre, antes de nacer, luego su llegada al mundo y sus primeras experiencias sensoriales, sus vivencias, etc. Es de suponer, claro, que cada poema tiene sus particulares variantes, sin embargo no es necesario ser un experto para reconocer, al leer estos poemas, que están relacionados. Es muy posible (yo así lo creo) que Ítalo leyó el poema de Pedro Geoffroy Rivas, Vida, pasión y muerte del antihombre, y, cautivado quizás por la belleza del poema decidió escribir el propio. Sostengo esta idea por la sola e insuficiente razón, lo reconozco, que Italo, en su poema, tiene un epígrafe de una frase de Pedro Geoffroy Rivas. Investigaré más al respecto y si encuentro algo, he de publicarlo acá. Sin mas rodeos, presento estos hermosos textos, no sin antes recalcar un hecho curioso: Roque Dalton extrajo el titulo de uno de sus libros, Pobrecito poeta que era yo, de uno de estos dos textos. Léelos y averigua cuál es. ¡Aquí van!

Primer poema, escrito por Italo Lopez Vallecillos (1932-1986)

Ítalo_López_Vallecillos

 

“¡Señor,!
¡Por qué callaste con tan hondo silencio
cuando el hombre triste
te pidió una estrella?!”
Pedro Geoffroy Rivas

I

Trigo espigado en el vientre de mi madre:
canción que se venía rodando
por la cuesta de los siglos
en el pecado que me trajo al mundo.

Recuerdo el lugar
donde estaba antes de venir al universo:
oscuro, acogedor como las sombras,
como el lamento de los abismos
que gritan desde el fondo de su pena:
amable como la cabellera de la abuela
y el recuerdo del pueblo
que llena la garganta de sollozos.

Añoro
el mar que me engendraba, donde crecía mi voz
lentamente,
uniéndose al sonido de mil almas extraviadas
en la cortina de los sexos
que multiplica la ancestral nostalgia
que me envuelve y me dilata.

¡Ah! Nido más tierno
no lo han conocido los ángeles
-vientre de mi madre-;
hecho de arrullos y de trinos,
de inesperados encuentros musicales.

Me rodeaba la sombra y el misterio;
en la conjugación de lunas,
crecía,
como una larga angustia que se enreda
en los corredores de la sangre.

II

Una tarde
sentí que la cabeza me dolía
y algo etéreo, insustancial y grave
comenzo a adueñarse de mi cuerpo:
enconces comprendí
que una bomba se había colocado en mi costado:
la sangre se precipitaba en mí y fuera de mí
como buscándose;
algo llenaba los abismos siderales de los ojos
y el mis manos, el infinito
trazó los signos de la muerte.

Sentí hambre,
hambre de besos y pan, hambre de Ser,
hambre de llenar un espacio y una actitud
en el silencio cuadrado de mi reloj sin tiempo
hambre de contenerme y tocarme
como un dolor que nace y se proyecta.

Después vino el frío y el odio
-el odio que lo llena todo-
me brindó sus manos lívidas
y frágiles como el vidrio, y ascendí
al pecado: me abrazó la Luz…

III

Llegué. Todo era distinto. Nada humano.
Lleno de paja, vino y besos,
los cabellos negros de mi madre
me iniciaron en la noche
y en su sonrisa angelical yo conocí el amor.

¡Cómo extrañaba su vientre de gorriones,
la suavidad de su caricia interna,
hecha de miel, de trigo y de promesa!

IV

El tiempo
comenzó a batir sus alas de gigante
-molino de tristeza, frente al alma-,
y en una noche fría, fría de pasos
y de voces muertas,
mi madre murió llena de luces
y de locuras tristes.

Mi madre se encontró a sí misma
y empezó a gritar, llena de tiempo,
coronada de espacio y de materia;
su amor, su inmenso amor de madre,

su locura de amar con lágrimas
y harapos
la soledad que enciende mi tristeza.

Murió mi madre
-pequeño como una lágrima que ríe-
¡yo me quedé solo en el mundo
mordiendo los silencios amargos de la vida!

 

 

Segundo poema. Pedro Geoffroy Rivas (1908-1979)

geoffroy0001

 

VIDA, PASIÓN Y MUERTE DEL ANTIHOMBRE.

“It is time to explain myself”
Walt Whitman.

I

Nascencia en el paisaje igual a siempre y olvidado siempre, incierto,
de cenizas amarillas y dulces
idéntico a sí mismo desde hace quien sabe cuantos vagos y ardorosos milenios,
ecuación desmedida en el preciso instante en que el grito y la sangre se confunden,
allá,
cuando mi madre era más bella entonces
que todos los huertos frutecidos en el sueño con hambre de los hombres.

Milagrosamente,
mi corazón de nube desató sus silencion
y mis ojos con nidos donde van y vienen mariposas y velas,
estremecieron la luz al deshojar la planta sin nombre de un recuerdo

Entonces fue,
en lo mas hondo de su tierra,
entre limos de angustia, despiadados torrentes y lejanos misterios
en vuelcos trascendentes desahogando sus ríos,
la renuncia fatal,
la estación fragorosa que se quedó entre los dos como un secreto,
el desgarramiento aquel, único lazo ya que nos unía,
como si alguien nos arrancase un sueño de repente
y el socavón oscuro quedará empapelado de tristeza.

Con un afán de árboles,
ella desenterró sus muertos para esta mi vida en que culminan diez millones de vidas,
crucificó su sobra en el corte de todos los caminos para mi anhelo alzado y sin frontera
y nutrió mis raíces en el hueco de una vieja nostalgia de ojos madrugados.

Y fui yo solo entonces a taladrar mi brecha,
prolongando un dolor que me llegaba nadie sabe de donde,
a llenar mi destino de ser apenas un jalón en el sueño,
a pulir mi diamante, a descubrir mi pozo,
a levantar muy alto unas cuantas banderas de alegría

II

Un niño triste a veces se me asoma a los ojos,
pálido niño pálido de silencio y de anhelo.

A veces también lloro por mi frustrada ancianidad
grito sobre mi muerte lejana y prematura
sumergido en angustia
como quien hunde la cabeza en una almohada
para que nadie vea sus latentes racimos de tristeza

Mi corazón de túnel abierto a la esperanza
se anegó de preguntas al descubrir el mundo.

Flor de mounstroso pétalos que sabían a sombra,
fui deshojando el lento conocer de las cosas.

Mia fue la sangrienta martingala
de pasión despeñada y sin sosiego.
Míos fueron los álgidos delirios de flechas desatadas,
de torrente sin rumbo, de soledad sin alas,
Míos fueron los surcos del hambre sin semillas.
Mía la herida cruenta.
Mío el sonido ciego.

(Como de lentos nudos desatándose,
Como de negros faros viejas luces
Que despiertan así, de noche, sin motivo,
Para espantar fantasmas de velas en el sueño,
Como de antiguas tumbas respiración sin sombra,
Como coronas, grillos, o como rejas duras
De cárceles de donde nunca debe salir lo que penetra,
Como helados museos de momias y de trajes sin cuerpos,
Como sueño sin sueños,
Como muerte).

Ah, la respuesta entonces de verdades inciertas.
Ah, la escueta y tremenda negación de la vida.
La mentira a la altura de la sed y la fiebre
Y la atónita espera desangrándose en versos
Y el inquirir sin término y el preguntar por nada.

III

Venían, iban barcos.
De ti hacia mí. De mí hacia ti.
Iban, venían barcos de ojos y semillas.
Venían, iban barcos sonámbulos, desesperados barcos.
Iban, venían barcos y se iban sobre mares de olvido sin mañana.
Ah, corazón en llamas, desplazado, derruido,
Expresado a voz alterna de ansia y de alegría,
Flor abierta y sangrando su respuesta sin el claro motivo de una sola
Pregunta,
Como siempre, como entonces, como ahora, como antes, como nunca,
Como tú llegaste contra todas las lógicas del mundo
Y ya no podrás irte aunque lo quieras.
Abierta herida abierta en el costado,
Voz de antiguos metales con el cantar de siempre,
Luz transida en mi noche,
Desesperado llanto,
Sombra mía de sombras que nunca me abandonas,
Lenta espiral rodeándome la vida
Persiguiéndome siempre,
Perseguida,
Dulce nudo,
Milagro.
Era en ti, era en mí, era en nosotros como una llama viva,
Estaba, estuvo siempre, y tú no lo sabías y yo no lo sabía
Y nosotros que nunca lo supimos.
Ah, compañera, compañera mía, dueña del mundo, esclava,
Ah, silenciosa mía silenciosa.
En rubias olas altas desatadas,
En lóbregas tinieblas la más honda, la más negra, la más desatendida,
Agua sabia de ignorados manantiales,
Claro sol de inexistente cielo,
Madrugada de amor,
Chorro de sangre nueva para mi corazón desamparado.
Tú y yo concretamos el tiempo y la distancia,
Limitamos la vida como entre dos paréntesis
Y ordenamos el mundo con una geografía inusitada.

IV

De légamos profundos, inconforme,
Levantándose absurda, desmedida,
Monstruosa de protestas,
Agria voz que me agobia,
Que me empuja,
Que me alza y me sumerge.
Ronca voz que desconoce las palabras,
Ancho grito sin fondo,
Hosco alarido
Descubriéndome entrañas ignoradas,
Estrujándome perdidos corazones,
Ahogándome gargantas imprecisas.

Ola de agua sin cauce,
Inopinada,
Violento viento ardiente sin fronteras,
Oscurecida voz mía y ajena
Resonando en oídos que siempre la esperaron,
Envolviendo la sangre en venas nuevas,
Encendiendo otros ojos
Desatando otra lengua.

Enmohecidos brazos la enarbolan
Puños que antes colgaban levantados,
Ruda testuz erguida
Negándosele al yugo y al inútil arado.

¿De dónde vivo a mí?
¿De dónde fue en nosotros?
¿Quién arrojó semillas a los surcos hambrientos?
¿Desde cuándo eran nuestras las estrellas?

De aquí, de allá, ellos, nosotros, desde siempre.

Para qué preguntar.

Lento buzo de fuente humilde y mínima
Trajo palabra antípoda para la voz alzada
Desbordada respuesta, ancha, sin tregua,
Palpitando en las vértebras mismas de las interrogaciones,
Médula joven mía, tensa y firme.

Y a los potros del viento fatigaron los ecos.

V

Vivíamos sobre una base falsa,
Cabalgando en el vértice de un asqueroso mundo de mentiras,
Trepados en andamios ilusorios,
Fabricando castillos en el aire,
Inflamando vanas pompas de jabón,
Desarticulando sueños.

Y mientras,
Otros amasaban con sangre nuestro pan,
Otros tendían con manos dolorosas nuestro lecho engreído
Y sudaban para nosotros la leche que sus hijos no tuvieron nunca.

Ah, mi vida de antes sin mayor objeto
Que cantar, cantar, cantar,
Como cualquier canario de solterona beata.
Ah, mis veinticinco años tirados a la calle.
Veinticinco años podridos que a nadie le sirvieron de nada.

Pobrecito poeta que era yo, burgués y bueno.
Espermatozoide de abogado con clientela.
Oruga de terrateniente con grandes cafetales y millares de esclavos.
Embrión de gran señor, violador de mengalas y de morenas siervas campesinas.

Y me he muerto en la flor de los años y a media carcajada de la vida,
Cuando era una promesa para varias familias
Y una clara esperanza para dos o tres patrias.
(¿Cuántas niñas cloróticas lloraron sobre esta mi muerte sin sentido?)
(¿Cuántos borrachos repitieron entre hipos mis inútiles versos?)
(¿Cuántos curas rezaron por el descanso eterno del alma que no tuve?)

Y descendí también a los infiernos.
He visto al hombre desnudo y tembloroso
Purificarse en llamas de miseria.
He visto al hombre en toda su terrible verdad,
En su espantosa y sublime verdad,
Revolcarse en los lodos de las más cruentas y salvadoras objeciones,
Empinarse en los inicuos pedestales de las más íntimas y dolorosas bajezas
Y surgir transparente de los fuegos de su propia recriminación.

Y también me levanté de entre los muertos.

Violento, desatado,
Como un huracán recién parido,
Colgado de mi angustia,
Despeñado en mis ímpetus,
Con los ojos cuajados de asombro y la palabra apenas murmurada
Dejando todavía acre sabor de sangre entre los labios,
Cargado con el enorme peso de la respuesta única,
Ardido en los crisoles de hondos regocijos,
Resurrecto en la alegría fecunda y madrugada
Que puso en mi cariño dos radiosas auroras proletarias.
Y el camino fue ancho y la luz fue más viva.

 

 

Impresionante, ¿no?

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