Suicidio

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No hay nada mejor que atarse al cuello la finísima soga que no es más que el cabello de la niña que uno ama, y como es alta colgarse en ella para quedarse ahorcado esperando la muerte o el sofoco eterno. Quedarse ahí, galopando en el aire por el aire que no pasa de tu nariz, precisamente por los cabellos que habías colocado y que ahora cortan todos los nudos en la garganta que no habías desatado en toda tu inútil vida.

Quedarse quieto,  absorto de placer, trémolo.

Colgarle entre los pechos y disfrutar un poco, escuchar sus latidos y reírse un poco, colgar de su rostro como un judas luego de haber traicionado el aliento que dios te dio como regalo para ofrecérselo luego a mefistófeles como sacrificio de un cariño que nunca dio frutos. Quedarse ahí como si uno fuese una raída cadena, un prolijo artefacto de los que se usan para sentirse mejor sin serlo.

Tal es mi caso, tal es mi estado y por ahora no concibo nada mejor que esto. Hasta que despierte y comience el letargo colectivo.

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