Breve relato de un paroxismo.

Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte
la leche de los senos como de un manantial

-Pablo Neruda

Entro a la recámara, está sola, desnuda. Tomo asiento, me la encaramo en las piernas y me convierto en un cefalópodo: mis extremidades hurgan entre sus encajes, introduzco mis dedos en rincones inusitados, como si fuese un pulpo desesperado por encontrar alimento, estación o algun rincón donde expulsar la tinta blanca que arde desesperadamente bajo los tentáculos. Ella no se mueve, permanece intacta, en silencio, pero su corazón es un metrónomo que marca el apresurado compás de una canción marítima de deseo sexual, cantada con lascivia e inocencia, que apenas logro reconocer. Luego bailamos la canción, a medida que va componiéndose en nuestros cuerpos.  El sístole y el diástole marcan el ritmo, la mesa es la partitura, nuestras manos son los pentagramas y el acto mismo es la compleja sinfonía que, entre gritos y sollozos, reverbera en nuestros tímpanos hasta reventarlos de placer.

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